La gente. La que pregunta por ti, la que te ha olvidado.

La gente se fija en la gente, nos acechamos como alcahuetas alucinadas en una aldea, ante el potente Mercedes color negro pasado de moda ante sus morros con restos de sopas más amarillas que el sol. La gente, ese círculo vicioso que se talla a sí mismo,

hasta ser poco menos que un agujero cubierto de cemento. La gente; la que me rodea, la que me quiere rodear, la que me dijo que me amaba yéndose, sonriendo. Gente sonriendo, ¿hay algo más horrible? – diría yo, en caso de no haber tomado cierta pastilla, pero es la sociedad o lo que esta deja impregnado por las calles, por la noche, cuando la gente se reduce a ese núcleo compuesto de mendigos y extranjeros borrachos, la que ha hecho de mí esto, esta cabeza que solamente quiere pensar porque ser le aburre y espero que pensando, la espera sea. ¡Hágalo! ¡Mátelos!. Hasta el sacerdote me animó. Y los maté quedándome.

Y fuimos seres soleados, cuando la madrugada alcanzó su cota máxima de frío y negro basura.

 

Germán Piqueras

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