Despedida a un artista

¿A quién lloraremos dentro de veinte años? Ayer aplasté mis tobillos para estar presente en la despedida del mejor artista que ha dado nuestro país en la última centuria y no, no son estas palabras fruto de la influencia del presente. Siempre lo pensé. Cuando hablamos de Camilo Sesto no estamos hablando únicamente de una voz, sino de un aura, un aura de arte, que no poseen otras voces, ni otros auras. Camilo es magnético porque posee ese misterio que también tienen todas las consideradas obras de arte por unanimidad.

Escuches sus últimas entrevistas o algunas otras de sus comienzos, existe un punto común entre todas ellas, clave absolutamente. Nunca sabes qué va a responder, Camilo Sesto no era un hombre previsible, y ello unido al candor de sus cuerdas vocales, a su mirada marciana, a sus manos de Paganini y a su estilo, le convierten en el artista definitivo, en mayúsculas, de nuestro país.

Su truco, dice él mismo, es cantar con el corazón. De corazón a corazón. Pero no es únicamente esa razón, Camilo, como un plato único, posee numerosos condimentos que, combinados de determinada manera, crean algo especial.

Excelente letrista, pintor con estilo único, rara avis española, como el Quijote o Dalí. Camilo es ficción y realidad. En él se aúna, quizás, todo lo que es España. Una conjunción de civilizaciones, patrias y razas. En el sentido más abierto de las mismas.

Aún recuerdo a mi padre hablándome de la excentricidad de la canción Getsemaní, incluida en el cassette de sus grandes éxitos Camilo Superstar, que compramos aquella mañana de marzo de 1997. Desde que escuché aquel himno, que te transportaba hacia paraísos extraterrestres, hasta su último adiós, hace dos días, han pasado 22 años.

Nunca lo vi en directo, pero sí necesité ir a su despedida, a vislumbrar su ataúd, para que este permanezca en mi memoria. Necesitaba algún acto en la vida real para unir mis ficciones con Camilo a un concepto carnal, sólido, palpable.

Y fue cuando su ataúd salía de la sede de la SGAE , ya dentro del coche fúnebre, donde se vivió una escena que parecía sacada de un capítulo de Black Mirror: una multitud, no tan amplia como él merecía, todos con sus teléfonos móviles, grababan su último adiós. Los primeros aires de septiembre y las primeras sombras de la noche madrileña despedían al más grande, al más misterioso, al más artista.

Una despedida futurista, pues aunque pertenezca al presente, todo lo relacionado con las máquinas siempre tendrá un punto de distopía, de frialdad, de distancia, de androides que lloran.

Camilo es y será, sin embargo, el grito de la nostalgia.

Quizás, algún día, recuerde letras como estas:

“Yo tenía fe
cuando comencé
ahora estoy triste y cansado
mis tres años ya son miles
¿por qué entonces tengo miedo
de que ya todo termine?”

Gracias, Camilo Sesto

Septiembre de 2019

Germán Piqueras

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