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¿EN QUÉ SE HA CONVERTIDO MICKEY MOUSE?

Estamos protegiendo a los niños, no a la infancia, de hecho la infancia se pierde ¿hacia qué inescrutables caminos? La pregunta me la formulo días después de haber solicitado permiso a una madre para la posible inclusión de una fotografía de sus hijos (en un museo, de espaldas, mirando un cuadro) que vi en una red social. La fotografía era para incluirla en un artículo sobre la educación que ofrecen los museos en la actualidad, y así se lo hice saber. No solo obtuve respuesta alguna, sino que dicha persona me bloqueó de la red social.

También le dije mi formación y recalqué que era un artículo profesional, y esa fue la única respuesta que obtuve. Me es indiferente que esa persona no me responda, pero ese bloqueo ¿A quién se lo hace? ¿Por qué? ¿Pensará que está educando bien a sus hijos por esa “protección” (¿protección de qué?)? Quizás se lo esté haciendo a la educación de sus hijos, aún sin saberlo, aún sin quererlo. Las fotografías de esta persona estaban dedicadas, casi por completo, a sus hijos y a los planes culturales que hace con ellos. Comprendo que uno no quiera que los rostros de sus hijos aparezcan en una revista (aunque en una de ámbito cultural/artístico tendría mis dudas), pero respecto a una fotografía bonita, en la que aparecen de espaldas, mirando un cuadro y que, además, ella misma ha compartido en una red social… no puedo comprender qué quiere proteger. Si yo quiero proteger la imagen de mis hijos, tampoco subiría foto alguna de ellos, menos si cabe de manera pública, a una red social. De hecho, ¿qué pretendemos subiendo fotos de nuestros hijos a una red social? ¿Son fotografías hechas para nosotros, para el resto de la familia, para nuestros amigos? ¿Para gente que está en otro continente? ¿Queremos que el mundo entero vea a nuestros hijos? Por un lado tenemos, de manera muy evidente, potenciada nuestra vertiente vanidosa, la necesidad de mostrar nuestra vida con cierta ínfula de fama y prensa rosa bajo nuestra piel y por otro, queremos ser libres de las consecuencias de todo lo que mostramos. Es decir, solo queremos mostrar por mostrar, pero quizás, haya que elegir.

Vivimos en un mundo donde se ennoblece más la adolescencia y la juventud que la infancia, de hecho esta se intenta acortar lo máximo posible. Y este, quizás, sea uno de los grandes males del mundo occidental pues, en la infancia está todo. “Mis narraciones visuales hablan de la lucha de la existencia humana, y los niños, sin duda, son los héroes de esta historia”, son palabras del artista Gottfried Helnwein, en cuyas obras vemos cómo adecúa el color a la temática, algo primordial para un artista con una sólida base filosófica.

Una imagen icónica de este artista es la fotografía The Golden Age 2, en la que retrata a Marilyn Manson. En ella me he basado para intentar sintetizar mis palabras a través de una ilustración que demuestre la infancia monstruosa que estamos logrando entre todos, sobreprotegiendo a los niños, pero no a la infancia. En esto se ha convertido Mickey Mouse.

 

Manson Helnwein Piqueras

 

QUIERO SER FAMOSO

“En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos”, son las palabras que pronunció Andy Warhol en 1968. Desde ese momento, han sido casi un lema para la sociedad de consumo y en la mayoría de casos, casi siempre se han interpretado como algo positivo. Las palabras de Warhol se han cumplido, es innegable. Si alguien ha salido en un programa de citas dos minutos, pone dicha información en su perfil de Twitter. Vivimos en ese mundo, nos guste o no.

Sin embargo, si analizamos las palabras del artista norteamericano, observamos que nunca dijo que la fama fuese buena, aunque se puede sobreentender que pensase tal cuestión por ser un icono pop y porque para él, la televisión fue su inspiración, como afirmaba. Ahora, pasados los años y viendo quién sale en ella y por qué (hablamos de manera generalista), podemos reflexionar que Warhol dictaminó una verdad absoluta, pero no podemos decir que la fama sea un sinónimo de triunfo, aunque en algunas ocasiones sí vaya unido. Ya no es nada revolucionario. Ahora lo revolucionario es lo contrario: no haber salido nunca por televisión, que nadie te conozca en un mundo (el nuestro) en el que la gente casi siente fe por las redes sociales. Huir de la ostentosidad y de la vanidad, de la fama en el sentido tautológico puede ser, contradictoriamente, el camino hacia otro tipo de popularidad: la del reconocimiento por nuestro trabajo. A todo aquel que siente pasión por su trabajo, le gustaría más la frase: “En el futuro, a todo el mundo se le reconocerá su trabajo por 15 minutos (por lo menos)”.

Insisto, quizás no sea positivo que todo el mundo disponga de 15 minutos de fama, pues si todo el mundo los tiene, la fama perderá el sentido de su palabra. Si todos somos o hemos sido famosos, ¿qué relevancia tendrá hablar de la fama? Será algo parecido a decir “soy humano”. Recordamos la frase de Albert Camus: “Es muy fácil obtener fama pero es muy difícil merecerla”. Llegados a este punto, nosotros, persona de a pie, podemos llegar a ser famosos, lo tenemos en nuestra mano, pero debemos saber que, aunque alcanzásemos cierta fama, debemos diferenciar entre qué es ser famoso y qué una celebridad. El estatus y la reputación de una celebridad es lo que une el lema de Warhol con el del reconocimiento.

Deberíamos dejar de sobrevalorar la palabra “fama”, para que los niños no la viesen como un objetivo, porque muchos chicos no quieren ser futbolistas, sino lo que implica serlo, o lo que se sobreentiende que conlleva serlo: riqueza y fama. “A ver si metes muchos goles y te haces famoso”. El poder sobre la educación de los niños recae en los más mayores, dentro y fuera del colegio. Habremos conseguido algo si los próximos famosos no ponen en su perfil de Twitter que lo son, por sus dos minutos en ese programa que todos ven.

dibujo-la-fama1 germán piqueras

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