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ARTISTAS QUE CALCAN

¿Cuántas de la ilustraciones que vemos contienen fragmentos (e incluso la totalidad) calcados y no lo sabemos? ¿Por qué no lo sabemos? Respecto a la segunda pregunta, la respuesta es fácil: porque no se indica. Respecto a la primera, la respuesta sería: más de las que imaginamos.

Como ilustrador, pero también como consumidor de arte, me gustaría tener más información acerca de lo que estoy viendo. Si los artistas del pasado hubieran indicado todas las técnicas que usaban para sus obras de arte, nos resultaría más fácil comprenderlas y las valoraríamos de manera diferente. Eso sí, no existirían documentales como Conocimiento secreto (Randall Wrigth, 2002), producido por la BBC, en el que el artista David Hockney habla de cómo los artistas del pasado usaron, en secreto, dispositivos ópticos (espejos, lentes) para la creación de sus obras de arte. La clave, para mí no está en que se usaran aquellos instrumentos que agilizaban sus trabajos, sino en la palabra “secreto”, porque, parece ser, es lo mismo que ocurre hoy día.

Aunque con instrumentos diferentes (ahora se utilizan proyectores), el objetivo es el mismo: acabar antes (¿y mejor?) el encargo, aunque todavía queda la duda en mi mente de por qué hay encargos que exigen el realismo de una fotografía (¿no sería más fácil usar la fotografía?). Pero, quien encarga una obra realista… ¿sabe que en muchas ocasiones lo primero que va a hacer el artista es calcar/proyectar la imagen? Si lo supiese a ciencia cierta, quizás le encargaría la ilustración pero con el dibujo ya calcado por él mismo para así abaratar costes.

El dilema no está en si el artista reconoce o no que usa técnicas que facilitan su trabajo como el proyector o si lo dibuja mediante cuadrícula (para que así sea exactamente igual), tampoco en si comunica el proceso en sus redes sociales, no. El dilema está en no indicar la técnica del trabajo en cuestión en el mismo trabajo. Reviso libros de ilustradores en los que dicen con qué material han dibujado, sobre qué soporte, incluso las medidas… pero no dicen que han usado proyector, cuando así ha sido. Lo mismo pasa con algunos cuadros que se crean y exponen en nuestros días. Nadie dice que calca en la información pertinente sobre la obra. ¿Por qué? ¿Qué tabú hay para no indicarlo si el uso de estos instrumentos está tan extendido? Insisto en que también debería indicarse en los óleos que se pintan en nuestro tiempo para que, de esta manera, en el futuro los museos aportasen toda la información sobre la obra: título, medidas, material, soporte y cualquier técnica empleada. Sobre todo a fin de darles pistas a las siguientes generaciones de cómo trabajamos y conseguir así que el próximo David Hockney que hable en un documental sobre el arte del pasado lo haga únicamente sobre el conocimiento del mismo.

Dejémonos de secretos, vivimos en la época de la hiperinformación, informemos de cómo están hechas nuestras obras también en los propios productos en las que aparecen. Todo es lícito, siempre y cuando se diga. El arte en cuestión debe juzgarlo el espectador, pero mejor que lo juzgue sabiendo todo lo que tiene que saber.

 

¿EN QUÉ SE HA CONVERTIDO MICKEY MOUSE?

Estamos protegiendo a los niños, no a la infancia, de hecho la infancia se pierde ¿hacia qué inescrutables caminos? La pregunta me la formulo días después de haber solicitado permiso a una madre para la posible inclusión de una fotografía de sus hijos (en un museo, de espaldas, mirando un cuadro) que vi en una red social. La fotografía era para incluirla en un artículo sobre la educación que ofrecen los museos en la actualidad, y así se lo hice saber. No solo obtuve respuesta alguna, sino que dicha persona me bloqueó de la red social.

También le dije mi formación y recalqué que era un artículo profesional, y esa fue la única respuesta que obtuve. Me es indiferente que esa persona no me responda, pero ese bloqueo ¿A quién se lo hace? ¿Por qué? ¿Pensará que está educando bien a sus hijos por esa “protección” (¿protección de qué?)? Quizás se lo esté haciendo a la educación de sus hijos, aún sin saberlo, aún sin quererlo. Las fotografías de esta persona estaban dedicadas, casi por completo, a sus hijos y a los planes culturales que hace con ellos. Comprendo que uno no quiera que los rostros de sus hijos aparezcan en una revista (aunque en una de ámbito cultural/artístico tendría mis dudas), pero respecto a una fotografía bonita, en la que aparecen de espaldas, mirando un cuadro y que, además, ella misma ha compartido en una red social… no puedo comprender qué quiere proteger. Si yo quiero proteger la imagen de mis hijos, tampoco subiría foto alguna de ellos, menos si cabe de manera pública, a una red social. De hecho, ¿qué pretendemos subiendo fotos de nuestros hijos a una red social? ¿Son fotografías hechas para nosotros, para el resto de la familia, para nuestros amigos? ¿Para gente que está en otro continente? ¿Queremos que el mundo entero vea a nuestros hijos? Por un lado tenemos, de manera muy evidente, potenciada nuestra vertiente vanidosa, la necesidad de mostrar nuestra vida con cierta ínfula de fama y prensa rosa bajo nuestra piel y por otro, queremos ser libres de las consecuencias de todo lo que mostramos. Es decir, solo queremos mostrar por mostrar, pero quizás, haya que elegir.

Vivimos en un mundo donde se ennoblece más la adolescencia y la juventud que la infancia, de hecho esta se intenta acortar lo máximo posible. Y este, quizás, sea uno de los grandes males del mundo occidental pues, en la infancia está todo. “Mis narraciones visuales hablan de la lucha de la existencia humana, y los niños, sin duda, son los héroes de esta historia”, son palabras del artista Gottfried Helnwein, en cuyas obras vemos cómo adecúa el color a la temática, algo primordial para un artista con una sólida base filosófica.

Una imagen icónica de este artista es la fotografía The Golden Age 2, en la que retrata a Marilyn Manson. En ella me he basado para intentar sintetizar mis palabras a través de una ilustración que demuestre la infancia monstruosa que estamos logrando entre todos, sobreprotegiendo a los niños, pero no a la infancia. En esto se ha convertido Mickey Mouse.

 

Manson Helnwein Piqueras

 

QUIERO SER FAMOSO

“En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos”, son las palabras que pronunció Andy Warhol en 1968. Desde ese momento, han sido casi un lema para la sociedad de consumo y en la mayoría de casos, casi siempre se han interpretado como algo positivo. Las palabras de Warhol se han cumplido, es innegable. Si alguien ha salido en un programa de citas dos minutos, pone dicha información en su perfil de Twitter. Vivimos en ese mundo, nos guste o no.

Sin embargo, si analizamos las palabras del artista norteamericano, observamos que nunca dijo que la fama fuese buena, aunque se puede sobreentender que pensase tal cuestión por ser un icono pop y porque para él, la televisión fue su inspiración, como afirmaba. Ahora, pasados los años y viendo quién sale en ella y por qué (hablamos de manera generalista), podemos reflexionar que Warhol dictaminó una verdad absoluta, pero no podemos decir que la fama sea un sinónimo de triunfo, aunque en algunas ocasiones sí vaya unido. Ya no es nada revolucionario. Ahora lo revolucionario es lo contrario: no haber salido nunca por televisión, que nadie te conozca en un mundo (el nuestro) en el que la gente casi siente fe por las redes sociales. Huir de la ostentosidad y de la vanidad, de la fama en el sentido tautológico puede ser, contradictoriamente, el camino hacia otro tipo de popularidad: la del reconocimiento por nuestro trabajo. A todo aquel que siente pasión por su trabajo, le gustaría más la frase: “En el futuro, a todo el mundo se le reconocerá su trabajo por 15 minutos (por lo menos)”.

Insisto, quizás no sea positivo que todo el mundo disponga de 15 minutos de fama, pues si todo el mundo los tiene, la fama perderá el sentido de su palabra. Si todos somos o hemos sido famosos, ¿qué relevancia tendrá hablar de la fama? Será algo parecido a decir “soy humano”. Recordamos la frase de Albert Camus: “Es muy fácil obtener fama pero es muy difícil merecerla”. Llegados a este punto, nosotros, persona de a pie, podemos llegar a ser famosos, lo tenemos en nuestra mano, pero debemos saber que, aunque alcanzásemos cierta fama, debemos diferenciar entre qué es ser famoso y qué una celebridad. El estatus y la reputación de una celebridad es lo que une el lema de Warhol con el del reconocimiento.

Deberíamos dejar de sobrevalorar la palabra “fama”, para que los niños no la viesen como un objetivo, porque muchos chicos no quieren ser futbolistas, sino lo que implica serlo, o lo que se sobreentiende que conlleva serlo: riqueza y fama. “A ver si metes muchos goles y te haces famoso”. El poder sobre la educación de los niños recae en los más mayores, dentro y fuera del colegio. Habremos conseguido algo si los próximos famosos no ponen en su perfil de Twitter que lo son, por sus dos minutos en ese programa que todos ven.

dibujo-la-fama1 germán piqueras

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