CRÍTICA SOBRE “JOKER” (Todd Phillips, 2019)

Hay algo común en toda obra de arte. Eso es lo que nos une realmente. El arte más elevado no es el más incomprensible, al contrario, es el que llega por igual al anciano analfabeto o a la erudita de aquella facultad donde estudiaste. Por igual porque toca el corazón. Pero habrá a quienes les toca también el cerebro.  Si algo está bien contando, ya sea con un pincel, con una cámara, o tan solo con una conversación con la luz de una manera y no de otra, es arte. Da lo mismo el brochazo de óleo pastoso con el que Francis Bacon azotaba a una de sus telas al llegar perjudicado  a su estudio, al amanecer, o el dolor depresivo inspirado en nuestro mundo con el que Joaquin Phoenix baila ataviado de Joker en las infinitas escaleras del Bronx, pues hay algo tan veraz como una vena, o mejor, como una vena debajo de una piel que ya no es tan tersa, en esas obras de arte.

Aún me resulta increíble leer los comentarios de la escena del baile del mencionado Joker en YouTube. Da igual la cultura, o la falta de esta, que tenga una persona. El arte no tiene que ver con la cultura, es algo más elevado, más inmediato, y lo mejor es que puede llegar a cualquier persona en cualquier momento. Es esa efervescencia que te hace querer contar algo a alguien, pero no puedes, porque es tan solo un fuerte sentimiento. Es aquello prácticamente imposible de teorizar pero que, contradictoriamente, y por la misma razón, más discursos ha provocado. Todos los escritos sobre arte quizás no sean más que un intento. Es como debatir sobre la muerte. Son temas infinitos, porque nadie sabe nada verdaderamente. El misterio de la belleza no tiene explicación alguna y, sin embargo, es tan necesario como el oxígeno.

Nos interesa lo que no tiene explicación, precisamente por no tenerla. Sinceramente no queremos encontrarla. Nadie quiere saber quién fue Jack “el Destripador”, porque ello mataría el mito. Nos morimos de miedo por saber qué hay después de la vida. Queremos leer sobre el arte, pero no queremos llegar a comprenderlo, pues hacerlo nos alejaría de él. Queremos conocer a una persona, pero al hacerlo muere aquella otra parte, la del mito. Necesitamos mitos, la oscuridad que oculta, sentir lo que no comprendemos. Necesitamos arte que nos aleje de nuestra zona de confort.

Y todo esto nos lo ofrece Joker, de Todd Phillips.

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Fotograma de la peícula

Germán Piqueras

 

 

Lita Cabellut. No hay belleza sin dolor

Asistir a una conferencia de Lita Cabellut es una suerte. En un mundo más parecido a lo que esconde una gran carpa de circo sucia y agujereada, bajo la cual se desprenden olores de maltrato animal, máscaras con varios centímetros de maquillaje y gente aplaudiendo un espectáculo sin saber siquiera  las razones del golpeo de sus manos, encontrar a una artista que ofrece su pequeña gran verdad es una fortuna desligada de todo capital.

Lita Cabellut es una mujer, tan segura de ello, que no necesitó hacer referencia a tal condición durante toda la charla, que subrayó en todo momento la importancia que tiene el arte, casi por encima de todas las cosas. El arte son los compases de Camarón que marcan los colores de sus cuadros, la infancia prolongada que Lorca emanaba en sus versos, su visita al museo del Prado con trece años y el impacto que Las tres gracias de Rubens impregnó su ser en aquel momento, que le ayudó a tomar la decisión de que sería la pintura el medio por el que expresaría su visión del mundo. No lo tuvo fácil, aunque de ello no hubo disertación alguna, tan solo se palpó en alguna palabra, en algún gesto de la naturalidad que tan solo es visible en las personas para las que la humildad no es una obligación sino un principio.

Entre los suyos encontramos la profunda reflexión de todo aquello que la rodea, la belleza de lo trágico, su condición de artista-renacentista, como ella misma se autodefine. Pero también una conversación de igual calidad a la de sus cuadros, en la que subraya la dificultad de hablar de arte. Y mucho se puede teorizar sobre qué es o qué no es el arte, pero hay algo básico: la verdad. Y Lita Cabellut, esa contadora de historias que antepone los sentimientos a las nacionalidades, la franqueza a la postura, su necesidad vital al éxito, es sinónimo de verdad. Como Goya, ese cronista, casi reportero de guerra, como Lita sugirió, lo fue en su época.

Es justa la comparación.

Más allá de etnias, banderas, éxitos o fracasos, Lita evidenció la famosa frase de que el Prado es la casa de todos los pintores, con su sola presencia.

Hay que escuchar más a los artistas. Al fin y al cabo son los creadores de esas historias que vemos enmarcadas. Y, sobre todo, hay que distinguirlos de los que no lo son.  Tan sencillo y complejo es esto como saber distinguir entre verdad y mentira.

Y hay que repetirlo una vez más, Lita Cabellut es la verdad. Su verdad. Nada hay más grande que esto.

No hay belleza sin dolor.

                                                              Sussy, técnica mixta sobre lienzo

 

Germán Piqueras

 

Despedida a un artista

¿A quién lloraremos dentro de veinte años? Ayer aplasté mis tobillos para estar presente en la despedida del mejor artista que ha dado nuestro país en la última centuria y no, no son estas palabras fruto de la influencia del presente. Siempre lo pensé. Cuando hablamos de Camilo Sesto no estamos hablando únicamente de una voz, sino de un aura, un aura de arte, que no poseen otras voces, ni otros auras. Camilo es magnético porque posee ese misterio que también tienen todas las consideradas obras de arte por unanimidad.

Escuches sus últimas entrevistas o algunas otras de sus comienzos, existe un punto común entre todas ellas, clave absolutamente. Nunca sabes qué va a responder, Camilo Sesto no era un hombre previsible, y ello unido al candor de sus cuerdas vocales, a su mirada marciana, a sus manos de Paganini y a su estilo, le convierten en el artista definitivo, en mayúsculas, de nuestro país.

Su truco, dice él mismo, es cantar con el corazón. De corazón a corazón. Pero no es únicamente esa razón, Camilo, como un plato único, posee numerosos condimentos que, combinados de determinada manera, crean algo especial.

Excelente letrista, pintor con estilo único, rara avis española, como el Quijote o Dalí. Camilo es ficción y realidad. En él se aúna, quizás, todo lo que es España. Una conjunción de civilizaciones, patrias y razas. En el sentido más abierto de las mismas.

Aún recuerdo a mi padre hablándome de la excentricidad de la canción Getsemaní, incluida en el cassette de sus grandes éxitos Camilo Superstar, que compramos aquella mañana de marzo de 1997. Desde que escuché aquel himno, que te transportaba hacia paraísos extraterrestres, hasta su último adiós, hace dos días, han pasado 22 años.

Nunca lo vi en directo, pero sí necesité ir a su despedida, a vislumbrar su ataúd, para que este permanezca en mi memoria. Necesitaba algún acto en la vida real para unir mis ficciones con Camilo a un concepto carnal, sólido, palpable.

Y fue cuando su ataúd salía de la sede de la SGAE , ya dentro del coche fúnebre, donde se vivió una escena que parecía sacada de un capítulo de Black Mirror: una multitud, no tan amplia como él merecía, todos con sus teléfonos móviles, grababan su último adiós. Los primeros aires de septiembre y las primeras sombras de la noche madrileña despedían al más grande, al más misterioso, al más artista.

Una despedida futurista, pues aunque pertenezca al presente, todo lo relacionado con las máquinas siempre tendrá un punto de distopía, de frialdad, de distancia, de androides que lloran.

Camilo es y será, sin embargo, el grito de la nostalgia.

Quizás, algún día, recuerde letras como estas:

“Yo tenía fe
cuando comencé
ahora estoy triste y cansado
mis tres años ya son miles
¿por qué entonces tengo miedo
de que ya todo termine?”

Gracias, Camilo Sesto

Septiembre de 2019

Germán Piqueras

Anticristo

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Descripción de la obra

Esta obra es un estudio de una escena concreta de la película Anticristo de Lars Von Trier. Elegí dicha película por su particular atmósfera, opresiva y deprimente, para así tratar de conseguir una determinada belleza que proviniese de esas sensaciones. La belleza de lo trágico, una cuestión estrechamente ligada con el movimiento romántico, es el motivo. Algo que encontramos en la escena que he retratado, que precisamente me resultó interesante por contener unas imágenes de una mujer desprovista de ropa y que, sin embargo, no pretende evocar a ningún aspecto sexual (es decir, lo contrario de lo que suele suceder en la mayoría de películas comerciales). La luz, las sombras y el dolor protagonizan la escena, que yo he querido representar en solo tres imágenes, a través de las cuales podemos comprender, de manera esencial, lo que siente la protagonista. La transparencia de la acuarela (mezclada con tinta china) y la fuerza de la tinta me ofrecían la técnica perfecta para esta representación, para este retorcimiento de dolor que, sin embargo, no renuncia a la belleza más pura de las formas y el color.

Una ciudad europea

 

La ciudad en la que se crearon los creadores. Y de esto hay que preguntarse el porqué. Algunos son natales, otros fijaron su residencia aquí durante algún periodo. Lo evidente es que a todos les influyó de una manera o de otra, su belleza o sus ruinas. Aún hoy, con la dura etapa del turismo a sus espaldas, no tiene todavía la esencia de parque temático total, aunque casi. Y en ese casi se balancea, conjugando calles sombrías e imperiales con colas de gentes de otros mundos que vienen a fotografiar lo que ya no es. Los kebabs aromatizan suaves brisas que no vienen del Danubio, que ya no es azul, y nos hablan del siglo en el que intentamos vivir, en un diálogo en el que aparecen cosas aparentemente opuestas a esos puestos de comida, como la ópera o los carruajes de caballos profundamente depresivos, contundentemente hartos de los seres humanos que no les hacen sentir caballos. También hay picnics de manteles de cuadros en parques, salchichas picantes con mostaza, parejas que pasean de la mano como único símbolo de unión de nuestro continente. Museos extraños llenos de polvo y muñecos de cera, torres de locos cuyas celdas están recreadas en exposiciones de patologías médicas, a los que van solo los más allegados. Cafés hechos con leche de vacas sagradas, que cuestan más de cinco euros, para que empieces el día atento. Pero en esa atención recuerdas que Freud pensó entre estos edificios, que la sombra de Fritz Lang se proyectó muchas noches por la calle Piaristengasse, que los genios de Mozart, Schiele o Klimt expresaron aquí sus mejores obras, y entonces te vienen a la mente más apellidos ilustres como Strauss o Haneke, incluso algunos que no se pueden mencionar en los días que corren. En la historia de esta ciudad puedes comprender la indumentaria negra de Gottfreid Helnwein y es en esos momentos cuando tu cerebro descubre que todo, la tragedia o la belleza (la de Sissi, la del palacio de Schönbrunn o la de la inmensa catedral gótica), tiene una misma respuesta. Y esta es únicamente Viena.

De lo fantástico y lo inadmisible

La editorial Cinestesia ha realizado esta obra de arte en la que he tenido el lujo y la oportunidad de escribir. Mi artículo (académico) “La muerte como ocio . Ficción y realidad de productos creados a partir de los mass media” (págs. 189-204) forma parte del segundo capítulo de esta obra.

Asimismo, el presente libro recoge los resultados del Congreso Internacional de Género Fantástico, Audiovisuales y Nuevas Tecnologías del Festival Internacional de Cine Fantástico de Elche.

Espero que os guste.

Link web editorial: https://cinestesia.es/producto/de-lo-fantastico-y-lo-inadmisible/