EL CINE DE ROMAN POLANSKI

Cuando, al estar comiendo carne, masticamos sin querer un nervio surge una sensación incómoda alejada del sabor placentero que rodea a ese elemento. Imaginarlo nos transporta a la elasticidad del nervio, a la adherencia entre este y el diente. Ese algo retorcido, que surge cuando no esperas nada, o esperas solo goce: esta es la sensación más similar que encuentro con el cine de Roman Polanski. Su arte no es de fácil explicación, los tintes de sus películas no son únicamente macabros, de ahí que la comparación con comer carne sea óptima. Incluso por lo que significa y simboliza la carne. Algunas de sus películas me parecen perfectas, otras no me dicen tanto y otras no me gustan. En este tríptico de acuarela y tinta reúno Repulsión, Lunas de hiel y La muerte y la doncella. La primera no es de las que más me gustan, pero sin embargo sí encuentro atractivo ese conflicto entre Catherine Denueve y la oscuridad. Las otras 2 películas me parecen obras perfectas, pintadas con un halo de atmósfera retorcida. El mejor pigmento blanco para la definición del mencionado nervio.

Recuerdo la primera vez que llegó a mí Lunas de hiel, cambiado de canal en el Canal Satélite Digital, a principios del siglo XXI, no esperando nada de ella. Pero lo mejor es que obtuve algo muy valioso: el recuerdo. Aún hoy recuerdo el clima que se veía por la ventana aquella tarde nublada de verano. Eso es lo mejor que puedo decir de ella.

La muerte y la doncella vino a mí mucho más tarde y ya habiendo visto casi toda su filmografía. Es decir, con la expectativa de que iba a ver una gran película, pero tampoco fue así, pues me encontré una obra maestra. Una despiece del ser humano, en su sentido más psicológico, un thriller con olor a lluvia y pendiente de acantilado.

Las sensaciones que me ha producido Polanski no las ha logrado ningún otro director. No puedo decir que sea mi cineasta favorito, puesto que no conecto con otras grandes películas suyas como Chinatown, por ejemplo. Pero es innegable su capacidad para ser un nervio que se nos enreda en el diente mientras la carne, jugosa y al punto, espera en el plato, con todos sus condimentos, copa de vino incluida.

 

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